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Anatomía ambigua y Siete paradójico

Lucas Bols


"El número siete, por sus virtudes ocultas, mantiene en el ser todas las cosas; dispensa vida y movimiento… "

Hipócrates

El "hueso de Ishango" fue encontrado en el lago Edouard, entre Uganda y el Congo. El análisis del carbono 14 indica que su antigüedad es de 22 000 años. Según el investigador británico Richard Mankiewicz, un examen microscópico reveló una serie de marcas que sugieren una relación con las fases de la luna.

Sobre ese tema, W. E. Peuckert explica que "en las épocas anteriores, en contacto directo con la naturaleza, la relación entre las fases de la Luna y el ritmo de vida de la mujer era más neta. La concepción y el nacimiento estaban estrechamente relacionados con el ciclo lunar." En el mismo registro, es interesante notar que el astro desaparece del cielo nocturno durante la semana de la Luna nueva. Ese fenómeno contribuyó a la formación del pensamiento simbólico y a la aparición de analogías entre el macrocosmo y el microcosmo femenino con sus "siete días en la suciedad de sus reglas", según los términos bíblicos. Diferentes idiomas ponen en evidencia esa relación: el nombre de la luna, Moon en inglés, Mond en alemán, deriva del indo-europeo Mên, que significa, "medida", "regla", origen de la palabra Menstruación y Mes. La palabra "mes" en esos países tiene la misma raíz etimológica, Monat en alemán, Month en inglés. Estas homologaciones etymologicas ponen en evidencia que el ciclo de la luna fue la unidad de tiempo de los primeros calendarios, además de haber contribuido a fomentar la creencia en el poder mágico del número siete asociado a la noción de Fertilidad.

Cuántas veces las mujeres embarazadas de la prehistoria habrán contado las lunas durante el embarazo, porque sabían que a partir de siete lunas el recién nacido prematuramente está completamente formado y puede sobrevivir al parto. Este conocimiento ancestral de primera importancia se perpetuó en el tiempo. Marcus Varron (116-27 a. C.) general de la armada antes de que Julio César le encargue la constitución de la primera biblioteca pública de Roma, escribió: « Ningún bebé puede nacer vivo y en buena salud antes del séptimo mes de gestación. » Y luego se refiere al feto, en el cual la medicina moderna ha demostrado que el cortex cerebral, que es la ultima capa que reviste el cerebro – de ahí su nombre – se forma desde el principio de la séptima semana : « Cuando el semen genital alcanza el útero, siete días son necesarios para que coagule y se condense antes de tomar forma […] Es en la séptima semana, es decir el día cuarenta y nueve, que termina la formación del ser humano en el útero. »

Si el número siete llamó la atención desde la gestación, seguramente que el hecho de encontrarlo en el cuerpo del recién nacido inflamó la imaginación de nuestros ancestros desde los primeros estudios anatómicos: a las siete articulaciones de la mitad superior (cuello, hombros, codos y muñecas), corresponden como una imagen en espejo las de la mitad inferior: base de la columna, ingles, rodillas y tobillos. Y eso no es todo: los cuatro miembros (brazos y piernas) el tronco, la cabeza y el sexo componen las siete partes del cuerpo. A los cuales se agregan los siete orificios naturales (más fácil de reconocer en la mujer): los de la nariz, los oídos, la boca, el ano, y la vagina. Curiosamente, ciertas creencias consideran el sexo como el séptimo miembro, tal vez esa sea una de las razones del simbolismo universal que asocia la fertilidad con el número 7. Según una idea de la Edad Media, el semen proviene del cerebro y desciende por la médula espinal, por eso se llama « el séptimo miembro »: él es el centro, y a su alrededor se ramifican las piernas, los brazos y la columna vertebral por donde desciende desde la cabeza. Misma atribución numérica en un texto faro de la tradición judía (el Sepher Yerira), donde el falo « cumple una función, no solamente generadora, sino de equilibrio entre las estructuras del hombre y del orden del mundo. De ahí que ese séptimo miembro, factor de equilibrio en la estructura y el dinamismo humano, está relacionado con el séptimo día de la Creación, día de descanso del Todopoderoso, cuyo rol es de sostener y equilibrar el mundo. Por eso la importancia de hacer un buen uso de ese séptimo miembro. »

En Argentina, la picardía porteña no fue indiferente al séptimo miembro: un tango nacido en los prostíbulos de Buenos Aires se llama Siete pulgadas, en referencia al promedio de la medida del falo (una pulgada = 25, 4 mm.).

El ciclo septenal

Está reconocido clínicamente que cada siete años el cuerpo experimenta grandes cambios. El séptimo año de ese ciclo se llama "año climatérico", el cual parece afectar igualmente las aptitudes físicas y morales: todas las células del cuerpo y los fluidos se renuevan completamente. Esa metamorfosis natural revela uno de los aspectos más difundidos del simbolismo septenario, el que se relaciona con la idea de ruptura, fin de un ciclo, comienzo de una nueva etapa Esto ya había sido remarcado en la antigüedad griega. Solón (siglo VI a. C.), legislador, poeta y uno de los Siete Sabios, dividió la existencia del hombre en diez septenarios: 1, cambio de dentición; 2, pubertad; 3, crecimiento de la barba; 4, adquisición de la fuerza física; 5, alcanza la madurez; 6, comienza a moderar sus deseos; 7, aumenta la prudencia.

Según Platón, los niños de siete años de sexo opuesto no deben estar juntos en la misma aula de la escuela. El filosofo griego había observado ya en esa época temprana (siglo IV a. C.) que el séptimo aniversario marca un "umbral" en el desarrollo del infante. Con el progreso de la ciencia se ha podido constatar que, en efecto, a partir de siete años se producen cambios fundamentales como el desarrollo de la atención y de la concentración. Es por esto que el séptimo aniversario está considerado como la "edad de la razón", confirmando la intuición de Platón con los trabajos del psicopedagogo suizo Jean Piaget (1896-1980): "hay que esperar hasta que el niño cumpla siete años, la edad de la razón".

Las siete puertas del cerebro

La cabeza fue un objeto de culto desde los tiempos prehistóricos. Los especialistas, como Leroi-Gourhan, no niegan una significación religiosa teniendo en cuenta que desde el alba de la humanidad la cabeza estuvo considerada como el "recipiente" del espíritu.

Con sus siete orificios (boca, nariz, oídos y las cavidades oculares), la cabeza posee uno de los aspectos del simbolismo septenario, el que sugiere la idea de "puente", "lugar de paso", o "umbral sagrado ": son siete puertas a través de las cuales el ser humano recibe información y se relaciona con el mundo. En hinduismo, los siete orificios se llaman "las siete potencias" contenidas en la cabeza de Prajâpati, el Ser primordial. La tradición rabínica evoca el mismo simbolismo en su homólogo Adam Kadmon. En la misma óptica antroponumérica, en Egipto, una cabeza humana era uno de los jeroglíficos usado para representar el número 7.

El puente entre cuerpo y alma

En China, la primer vértebra del cuello se llama T’ien Tchou, « Soporte del cielo », función igualmente puesta en evidencia por los griegos con el termino « Atlas ». Este nombre, aún vigente en Occidente, evoca el titán Atlas, quien fue condenado por Zeus (el dios supremo) a llevar eternamente sobre su espalda la bóveda del cielo y el peso del mundo. Según Platón, la sede del pensamiento (la cabeza) está ligada al cuerpo gracias a ese pequeño « istmo » formado por las vértebras cervicales, que separan netamente lo inteligible de lo corporal (espíritu-materia). Esta concepción esta ligada al simbolismo del septénario: el cuello está compuesto por 7 vértebras!

Considerando esos elementos, es lícito creer que esta particularidad – siete pequeños huesos – fue rápidamente puesta en evidencia por los pueblos primitivos. En efecto, una fractura de cuello puede ser fatal: sección de la médula espinal, cuya función consiste en transmitir las señales nerviosas al resto del cuerpo. En el mejor de los casos, una fractura de vértebras causa tetraplegia, sinónimo de muerte en esos tiempos remotos donde la capacidad motriz era vital para cazar, migrar, defenderse de los predadores, etc. En consecuencia, si se tiene en cuenta la importancia del cuello, por su implicación directa en la motricidad y por el número de vértebras que lo componen, se puede afirmar que esta asociación ha contribuido enormemente al simbolismo « Siete-Vida ».


Por el papel preponderante que tuvo en la evolución del género humano, una parte del cuerpo puede ser considerada con la misma importancia que la cabeza: los siete huesos que conquistaron el mundo.

Según un dicho Bambara, "la cabeza no puede hacer nada sin los pies". Eso recuerda las palabras del paleoantropólogo Pascal Pic: " porque se puso en marcha, el hombre es lo que es, pies y cerebro son indisociables: el ser humano piensa porque camina, e inversamente". Por eso es justo reconocer que el bipedismo nos diferencia del resto de los animales mucho más que la habilidad de nuestras manos; evolución que honora y eleva el pie al primer lugar de las conquistas humanas. Y la historia de ésta conquista comienza por la clave de oro del pie: el talón, el cual está compuesto por siete huesos enclavados unos contra otros: astrágalo, cuboides, calcáneo, escafoides y los tres cuneiformes.

Por la importancia del pie en la historia de la humanidad, sin dudas esos siete huesos han aportado materia para reflexionar sobre la mistificación de nuesto número: a cada paso "siete" nos hace avanzar.

Una coraza permeable al Situs ambigus

En relación con esa anomalía morfológica, el análisis de la anatomía humana revela la presencia del número 7 en el Tórax. La etimología muestra justamente su función de protección: tórax procede del griego thôrax, thôrakos, que significa "coraza". Debajo de esa protección se encuentran siete órganos vitales implicados en la Heterotaxia ("orden diferente" de los órganos, otra apelación del Situs), siete órganos cuya ablación total provoca la muerte: los pulmones, los riñones, el hígado, el estómago, el bazo, los intestinos y por supuesto el corazón. Pero las correspondencias con el septenario no se limitan a los órganos.

En efecto, el tórax está formado por una serie de costillas cuya cantidad y distribución llaman la atención: 12 pares de costillas, de las cuales sólo 7 pares – las llamadas "costillas verdaderas" – se articulan directamente en el esternón (las costillas 8, 9 y 10 están unidas a la séptima por un cartílago, las 11 y 12 son las "flotantes"). El esternón muestra donde se insertan las 7 costillas:

Clavícula • Vista frontal y perfil derecho del esternón

Otro de los aspectos del simbolismo septenario, el que marca el "fin de un ciclo" o una ruptura en la continuación de una serie se encuentra en el tamaño de las costillas: aumenta desde la primera hasta la séptima y luego disminuye.

De los órganos internos protegidos por el tórax y que pueden ser afectados por el Situs ambigus, los pulmones y el corazón tienen relación directa con el tema que nos interesa. La Mucoviscidosis se manifiesta por una acumulación de espesas mucosidades en el interior de los pulmones, las cuales dificultan la respiración y provocan la proliferación de bacterias que ocasionan graves infecciones respiratorias que pueden ocasionar la muerte. Esta patología tiene relación con el síndrome de Kartagener, en el cual se detecta un situs ambiguo toráxico en el 50 % de los casos. La especificidad de la mucoviscidosis se encuentra en su origen hereditario, que se transmite por el cromosoma Nº 7 que, curiosamente, forma parte de un grupo de 7 cromosomas que figuran en el cariotipo humano, como se verá más adelante.

Un situs ambigus muy corriente

Desde la noche de los tiempos el corazón fue considerado como El órgano central del individuo. En Islamismo, qalb, el corazón, no simboliza el órgano de la afección sino el de la contemplación y la vida espiritual: el corazón del creyente es el Trono de Dios; se lo considera constituido por envolturas sucesivas, de las cuales el docto Alâ al Dawlah distingue siete. El cristianismo no es indiferente a este órgano: la arquitectura cruciforme de las catedrales evoca el cuerpo de Cristo en la cruz, en el lugar del corazón se encuentra el altar. Así, en el corazón de la iglesia se concentran las seis direcciones del Espacio en la séptima que es el centro: Dios, corazón del mundo, se manifiesta según las seis direcciones del espacio… ahí reside el secreto del número siete, dijo en el siglo II el filósofo y Padre de la Iglesia griega Clemente de Alejandría. El simbolismo del número siete exprime en este caso la idea de Totalidad.

La particular morfología del corazón revela el simbolismo del siete gracias a la etimología. Las cavidades interiores – dos aurículas y dos ventrículos – están separadas por el septo.

El término Septo utilizado en anatomía designa la pared que separa dos cavidades. Septo, (Septum en francés) es una palabra de origen latino construida con el mismo radical etimológico de Septem ("siete" en latín, sept en francés) que significa Tabique, Barrera, Mampara estanca o en un sentido más amplio "Umbral". Así, conforme al simbolismo del número 7, el septo marca un límite, un antes y un después, un ciclo cerrado. El mismo término es próximo de latín Saepta (« Recinto »), lugar donde se encerraban los ciudadanos para votar. El septo del corazón, como una cruz que divide su interior en cuatro, se llama Septo interauricular, y Septo interventricular (también hay septos en la boca, entre los dientes, en el cerebro, Septum pellucidum, que separa los hemisferios y en la nariz entre las fosas nasales).

En el caso de un Situs ambigus, como el corazón es asimétrico, esta malformación complica el transplante debido a la conexión entre los vasos sanguíneos, en los cuales ciertas tradiciones han visto siete aberturas que corresponden a la aorta, la arteria pulmonar, las venas pulmonares y las venas cavas superior e inferior que penetran en la aurícula derecha. El texto chino Huainanzi (siglo II a. C.), donde se encuentran expuestas las "Siete etapas en el desarrollo de la meditación" (qi hou), menciona la teoría de los Siete Rectores:

"El corazón posee siete orificios que son su abertura hacia la realidad, la capacidad de percibir el mundo tal cual es, más allá de los deseos, los placeres y los sufrimientos, más allá de la vida y de la muerte. En el sabio, esos siete orificios están abiertos, es decir que nada bloquea la compenetración con la totalidad, la unidad del Camino."

Según ésta concepción, los Siete orificios son las Siete manifestaciones de la respiración original, los Siete Originales. Asimismo, es interesante observar que esa presencia numérica – los siete orificios y las cuatro cavidades del corazón (aurículas y ventrículos) – sin dudas han suscitado correspondencias con el macrocosmo desde la aparición de las primeras especulaciones sobre el simbolismo de los números. Así, con una simple operación de multiplicación se obtiene el número del ciclo lunar: 4 x 7 = 28, el cual se obtiene con la adición de los siete primeros números: 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6 + 7 = 28!

¿El cuerpo reflejo del alma?

Una vuelta de horizonte sobre diferentes visiones cosmogónicas muestra que la marca del número siete se inscribe de manera indeleble en el plano ontológico, es decir no sólo en el cuerpo sino también en el espíritu, o en el alma según la creencia, en todo caso en el subconsciente. Una teoría fue propuesta por la ciencia de las profundidades del alma para explicar la aparición de símbolos análogos en pueblos arcaicos distantes geográfica y temporalmente. Apoyándose en el concepto del Arquetipo esbozado por Platón, Carl Jung desarrolló la noción de inconsciente colectivo, según el cual existen en el individuo modelos de imágenes y de símbolos universales innatos que constituyen una estructura común a toda la humanidad. Esto explica la transmisión del septenario de generación en generación, como un modelo arquetípico, en sociedades que atribuyeron al número 7 un lugar privilegiado en sus relaciones – reales o simbólicas – con el mundo.

Esta hipótesis encuentra serios fundamentos en estudios llevados a cabo en 2012. En ese año que marcó una fecha importante en la historia de los números, el inglés Alex Bellos (en colaboración con el diario The Guardian), publicó los resultados de una encuesta planetaria según la cual el 7 es el número más popular en el mundo (ver favourite-number.net). Dicha encuesta coincide con los trabajos llevados a cabo por especialistas de la Universidad de Southampton: el 7 es el número más jugado en el Loto, confirmando así la creencia que atribuye a ese número el título de Porte-bonheur.

En la misma óptica, diferentes estudios demuestran que las acciones humanas podrían estar determinadas por una serie de siete factores psíquicos fundamentales. Entonces, es lícito preguntarse: ¿existe un sentimiento innato, congénito, una preexistencia de un modelo o un canon numérico de procesos mentales? Según Jung, la misma configuración del cerebro, en individuos de diferentes razas, explicaría la similitud de ritos, mitos y creencias. Y el psicólogo suizo agrega: "Sólo es valido el símbolo que exprime las estructuras inmutables del inconsciente y puede, en consecuencia, beneficiar de un asentimiento universal". Esto nos recuerda las encuestas citadas precedentemente.

La siguiente es una exposición rápida, falta de espacio, de una serie de estudios sobre el ser humano, donde 7 componentes determinan nuestras acciones de manera inconsciente: el sociólogo Desmond Morris expone en su libro El Mono desnudo las "Siete edades" de las relaciones entre los humanos. El doctor J. D. Nasio menciona en su Enseñanza de los 7 conceptos cruciales del psicoanálisis los siete bornes psíquicos que gobiernan nuestra existencia: la castración, la forclusion, el narcisismo, el falo, el superyó, la identificación y la sublimación. El psicólogo Howar Gardner realizó estudios sobre los mecanismos que intervienen en la evolución de las ideas, así logró identificar la existencia de 7 factores que determinan en una persona las posibilidades de tener éxito, y su capacidad de hacerse dueño de su propia vida. Suponiendo la existencia de un fondo de emociones común a todas las regiones y culturas, el psicólogo Paul Ekman obtuvo una síntesis de siete emociones de base: cólera, miedo, tristeza, alegría, asco, desprecio y sorpresa. Según Ekman, esas siete emociones, o sentimientos, son el reflejo de nuestra herencia evolutiva... Curiosamente, los chinos ya habían identificado desde hace mucho tiempo siete sentimientos, los cuales son parte del patrimonio cultural con el nombre Qiqing. Este es el ideograma (se reconoce el número 7 a la izquierda, como un 7 invertido):

Qiqing: alegría, cólera, tristeza, miedo, amor, odio y deseo

Conclusión

Todo lo expuesto podríamos resumirlo en la creencia difundida desde los albores de la civilización, en todas las épocas y sociedades, según la cual existe una interacción armoniosa entre el macrocosmo Celeste y el microcosmo Humano. Sobre ese punto, recordemos que cuando nuestros lejanos ancestros aprendieron los rudimentos de la ciencia de los números, combinados a las observaciones astronómicas, el descubrimiento de un orden septenario en la configuración de ciertos astros que jugaron un papel preponderante para asegurar la supervivencia (agricultura y orientación) otorgó a ese número un carácter especial, elevándolo al nivel de las cosas sagradas.

Coherencia entre las partes del Todo, reciprocidad universal, conexión de carácter simbólico centrada en la relación entre el Cielo, la Tierra, el Cuerpo y el Espíritu, esta percepción de la realidad se extendió al ámbito de tradiciones varias veces milenarias. En ellas, los conocimientos empíricos estaban íntimamente ligados a la superstición, a la religión y a la medicina, y el número siete determina un conjunto de elementos fundamentales para el organismo. Por ejemplo, la fisiología mística del sufismo iraní distingue siete órganos (o envolturas) sutiles, cada uno es la tipificación de un profeta en el microcosmo humano. En el mismo orden de idea la mística cristiana menciona siete auras con los colores del arco iris, y en China siete almas revisten el cuerpo humano. En la tradición hindú, siete ruedas – o chacras –, por donde circula la energía vital se encuentran escalonadas entre los órganos genitales y la cima del cráneo. Asimismo en India siete Dhâtu, obtenidos de la alimentación, constituyen el organismo: rakta (sangre), mamsa(carne), medas (grasa), asthi(huesos), majja (médula), rasa (liquido contenido en el estómago resultado de la digestión) y sukra (esperma).

Desde épocas remotas, entonces, el hombre supo que el septenario tenía relación con la Vida. Esta simbología fue definitivamente adoptada desde que las observaciones de la anatomía permitieron descubrir su vinculación con el cosmos, como un espejo de la configuración Celeste, por su presencia en las zonas neurálgicas de la arquitectura humana, pero también por los ciclos fisiológicos septenarios.

Ahora bien, una anomalía en la figura armoniosa que compone el cuerpo humano rompe el equilibrio entre el macro y el microcosmo: el Situs ambigus. Habría que preguntarse, teniendo en cuenta el papel preponderante que juega el número 7 en los temas abordados precedentemente, si tal vez ese desafío a las normas de la anatomía se relaciona con un 7 aún no descubierto, o que está en curso de manifestarse en la lenta pero continua evolución morfológica. Una cosa es cierta, queda mucho para investigar en el campo de la genética, pero el tema nos sirve de corolario para este ensayo.

La cédula de identidad cromosómica de un individuo se llama cariotipo, donde se encuentran organizados los cromosomas (que transmiten los caracteres hereditarios o genes) según sus medidas y la ubicación del centríolo. Esto es muy significativo, porque existen siete categorías de cromosomas, agrupados con las letras A, B, C, D, E, F, F et G, como lo muestra el cariotipo:

(Extracto del ensayo "SIE7E, pilar de la humanidad. Antropología de un número sagrado", de Lucas Bols.)